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Patinando en Madrid
En el año 1875, el gran pulmón comenzó a modernizarse, se abrió al insignificante tráfico el paseo de carruajes y se estableció un canon de 2,50 pesetas a cada vehículo que lo utilizara. También se concretó la vía de patinar, formada por un semicírculo helado, que tampoco era gratuita, a dos pesetas el alquiler de patines en la torreta hexagonal desde la que se regentaba el negocio y se ofrecían tentempiés. Sin embargo, el paraje resultaba demasiado soleado para mantener el hielo en su punto. Así que, coincidiendo con la inauguración a finales de siglo del Palacio de Cristal, con motivo de la exposición de Filipinas, se trasladó el patinaje a este rincón más sombrío. En 1887, la regente María Cristina, cortó la cinta de la ambiciosa muestra que pretendía acercar a los españoles las riquezas naturales de su patrimonio de ultramar. El Estado no reparó en gastos y hasta instaló un estanque con 10 surtidores y rodeado de magnolias. Hoy, el cambio meteorológico no permite gozar de escenas como la de la fotografía de Salazar, uno de los reporteros gráficos más reputados del momento.
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Las tres pesetas que costaba divertirse y rozarse, excusados por el resbaladizo pavimento, limitaban el acceso, sólo apto para bolsillos burgueses y de alta cuna. No hay más que observar el elegante atuendo de los patinadores. Ellos, cuello duro, traje impecable y corbata estrecha, como si acabaran de salir del despacho. Ellas, entregadas a la moda que dicta París, con faldas tobilleras y trajes entallados, esbeltas y descaradamente jóvenes. Pero para muchos de los 600.000 madrileños censados en 1908, los copos de nieve significaban un inconveniente. En ocasiones, incluso, la ciudad parecía que se había pinchado con la rueca de la Bella Durmiente. Las tiendas no abrían, barrios enteros se quedaban incomunicados, las obras se paralizaban y los obreros se quedaban sin trabajo, sin dinero y sin comida.
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