Historia El patinaje del hielo comenzó como forma
de transporte
del invierno en los canales congelados a través del Norte de Europa.
Considerando que el patinaje se practicaba al aire libre en el tiempo
del invierno cuando congelaba, es justo decir que las pistas de
hielo
interiores fueron creadas huyendo del frío. En este momento es
cuando se alargan las temporadas a lo largo de todo el año practicando hockey y patinaje
artístico, dando
lugar a un mayor nivel tecnico.
Algunas epocas del hielo:
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1875 Patinando en
Madrid (El Retiro)
En el año
1875, el gran pulmón comenzó a modernizarse, se abrió al
insignificante tráfico el paseo de carruajes y se estableció un
canon de 2,50 pesetas a cada vehículo que lo utilizara. También se
concretó la vía de patinar, formada por un semicírculo helado, que
tampoco era gratuita, a dos pesetas el alquiler de patines en la
torreta hexagonal desde la que se regentaba el negocio y se ofrecían
tentempiés. Sin embargo, el paraje resultaba demasiado soleado para
mantener el hielo en su punto. Así que,
coincidiendo con la inauguración a finales de siglo del Palacio de
Cristal, con motivo de la exposición de Filipinas, se trasladó el
patinaje a este rincón más sombrío. En 1887, la regente María
Cristina, cortó la cinta de la ambiciosa muestra que pretendía
acercar a los españoles las riquezas naturales de su patrimonio de
ultramar. El Estado no reparó en gastos y hasta instaló un estanque
con 10 surtidores y rodeado de magnolias. Hoy, el cambio meteorológico
no permite gozar de escenas como la de la fotografía de Salazar, uno
de los reporteros gráficos más reputados del momento.
¡Qué bello es vivir! Nieve en abundancia para engalanar la ciudad
antes de que el fotógrafo congele esta imagen de cuento prenavideño.
Parejitas de la mano, tríos de jovencitas entrelazadas, tertulia de
caballeros a pie de pista, curiosos tras la barandilla... y un hermoso
Palacio de Cristal compitiendo en majestuosidad con los árboles.
Ajustarse al pie las cuchillas era el primer requisito para participar
en uno de los actos sociales más aparentemente espontáneos de la
temporada invernal.
Las tres
pesetas que costaba divertirse y rozarse, excusados por el resbaladizo
pavimento, limitaban el acceso, sólo apto para bolsillos burgueses y
de alta cuna. No hay más que observar el elegante atuendo de los
patinadores. Ellos, cuello duro, traje impecable y corbata estrecha,
como si acabaran de salir del despacho. Ellas, entregadas a la moda
que dicta París, con faldas tobilleras y trajes entallados, esbeltas
y descaradamente jóvenes. Pero para muchos de los 600.000 madrileños
censados en 1908, los copos de nieve
significaban un inconveniente. En ocasiones, incluso, la ciudad parecía
que se había pinchado con la rueca de la Bella Durmiente. Las tiendas
no abrían, barrios enteros se quedaban incomunicados, las obras se
paralizaban y los obreros se quedaban sin trabajo, sin dinero y sin
comida.
Como ocurrió a finales de noviembre de 1904, cuando tras tres días
nevando ininterrumpidamente, Madrid se volvió fantasma. Sin embargo,
en este privilegiado entorno público, en pleno parque del Retiro, la
mayor dificultad era caerse y encaramarse de nuevo sobre los patines.
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